ARTE, CIENCIA, POESÍA Y SUEÑOS: En busca de la teoría unificada del universo

Por Marcelo Hernán Arre Márfull.

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Me detengo, respiro profundo, y siento como el fresco oxígeno del amanecer me toca el alma…

Mientras sigo caminando por mi secreto sendero, el que me llevará a lo alto de un cerro donde tengo un privilegiado mirador, un rincón muy mío, veo hacia mis espaldas y poco a poco comienzo a ver un panorama contrastado, que me impresiona y me golpea.

Increíble es pensar que sólo estoy a minutos del “Pueblo de Artesanos”, no muy lejos de ahí, pero suficientemente alto para ver lo que me obliga a detenerme y reflexionar.
Recordé de pronto lo que un abuelo sabio me dijo: “Un hilo de sol nos mantiene vivos”…
Un hilo de sol, pero, en Santiago, también un hilo de aire: esta ciudad capital, que se vanagloria de todas sus cifras y logros, carece hoy de lo más primordial: simplemente, aire para respirar.

¿Qué pasaría si el agua que nos llega potable a nuestras casas, estuviera contaminada? Si las autoridades públicas han fracasado en hacer vivibles los otoños e inviernos, ¿habrá que privatizar el aire para poder respirar?

Mientras reflexiono veo, desde lo alto y a lo lejos, aquel colchón gris y venenoso que cubre Santiago, doy gracias que aquella mancha voraz generalmente mantenga sus límites alejados de este lugar. Gran parte de Pirque aún se salva. Pero hay ocasiones, que este colchón y el hambre de su veneno no perdona, y ataca hasta estos confines arrasando con todo lo que pilla, como un verdadero tsunami… y mi mirador, mi rincón virgen e inmaculado, es devorado por sus olas tóxicas de smog.
Qué paradoja: nunca esta gran ciudad es tan hermosa y venenosa al mismo tiempo como en otoño. Las hojas caídas dignifican nuestros pasos aquí y nos hechizan con sus tonos y combinaciones infinitas. Pero estamos muriendo en vida. “Lo bello es nada más que el comienzo de lo terrible”, como dijo Rilke en sus versos.
Lo peor, es que barremos y hacemos desaparecer esas hojas que son oro puro (humus) en bolsas de plástico negro, maniáticos de un orden y limpieza enfermizos, en una de las ciudades con el aire más sucio del mundo. Y para peor, como si eso no fuese suficiente, diligentes y fúnebres funcionarios municipales practican el desdichado deporte de arrancar árboles de cuajo. Ni a los asesinos ni a los violadores se les trata con tanta bravura como a esos pobres árboles, indefensos seres vivos, torturados y descuartizados. Estoy seguro que jamás se compensan los ejemplares sacados, simplemente es un bello discurso (uno más) para mantener los votos para una próxima candidatura. La ciudad con menos aire es también aquella con menos árboles. Respiramos muerte y matamos lo que nos da vida.

¡Qué increíble! Todo carece de lógica.
Para qué mencionar a los niños que ya no respiran, sólo inhalan. Por ahí, un cierto político dijo que en los nuevos ajuares entregados por el gobierno debían agregar un inhalador de salbutamol para bebés. Lo más curioso es que ese artefacto, efectivamente, es el más urgente e indispensable dentro del canastillo.
Si revisamos documentos históricos encontramos que el fenómeno de la contaminación atmosférica en Santiago data de la época colonial, pero han sido en los últimos cincuenta años que la relación entre ciudad y polución ha derivado en un asunto endémico e inherente a ella. ¡Cincuenta años! Repito, ¡Cincuenta años! ¿Qué han hecho las autoridades en estas décadas? ¿Cuántos gobiernos, autoridades, dirigentes, ingenieros, científicos y otros miles de personajes han pasado en vano? Sin mencionar las estratosféricas cifras de dinero que se han invertido sin resultado alguno… dinero, por lo demás, que ha salido de nuestros bolsillos.

Santiago se ha convertido en una incubadora de virus que celebran una orgía en nuestras propias narices. Hemos olvidado hace tiempo que lo esencial es respirar bien. El que respira mal, no puede pensar bien, sentirse bien, hacer el bien. Necesitamos que nuestro aire huela a nieve de cordillera, a flores del campo, a pasto húmedo y a fresco bosque.
Para esto, comencemos por la base, partamos por exigirles a nuestros alcaldes menos edificios y más árboles. Que los tercos ediles terminen rindiéndose ante esa consigna con raíces. Que sus cabezas se llenen de árboles y pájaros y niños revoloteando y buscando aire. Que las voces de la ciudad clamen y respiren rítmicamente: “¡Aire, aire, queremos aire!”. Para respirar, para vivir. Que todos los niños santiaguinos de hoy lleguen a los 80, 90 y 100 años con los pulmones limpios, ¡ebrios de aire, para cantar y danzarle al sol!

Yo, aún en mi secreto rincón, aún con aire fresco quizás por una hora más, antes de que el tsunami llegue hasta acá, miro el sol que se filtra oblicuo entre las hojas rojas, amarillas y verdes de este otoño de emergencias ambientales, y pendo de un hilo, entre clorofilas y monóxido de carbono.

Los invito a seguir viajando…

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