Columna Mujer integral, mujer sana: Ayudar con el corazón abierto.

Por Paloma Olivares.-

Hace poco más de un año asistí a un taller que dio una de mis más queridas amigas, Astrid Brinck, experiencia que se fundamentó en dos grandes pilares, como torres que se derrumbaron para dar paso a unos nuevos, que aún estoy construyendo. Los temas fueron: la buena ayuda y el reconocer que mi corazón tiene el tamaño de mi vida. ¿Qué tenía que ver uno con el otro? mucho, todo!


Al taller asistieron más de treinta mujeres. Al comienzo nos invadió la ansiedad del entendimiento, pero prontamente nos rendimos a la conducción de Astrid, quien tras tantos años de experiencia en terapias grupales en varios países del mundo, guía como si danzara confiadamente en el lugar más seguro. Nos dijo: “Tu corazón tiene el tamaño de tu vida”. En ese momento me costó entenderlo, pero tras comprender que la madurez de mi corazón no corresponde a mi edad cronológica, sino más bien, a la capacidad o habilidad que he tenido de integrar las situaciones de mi vida con aceptación y sin rechazo ni bloqueo. Es decir, cuanto más me empodero, más me enraízo y me anclo en mi verdadera edad, mi corazón es más libre y se hace tan grande que tiene la enorme capacidad de dar lo mejor. La certeza nace de sus palabras: “Un corazón de una mujer que está anclada en su verdadera edad tiene la comprensión, el entendimiento y la riqueza para poder entregar”. ¿Cuántas veces nos hemos vuelto niñas reclamonas e insatisfechas frente a algo que no nos gusta o no queremos aceptar? La manipulación, la victimización y la culpabilidad nacen de la inmadurez de no poder abrazar lo que nos ha ocurrido.

PLENIObservando mi corazón y cómo ha madurado, con toda la honestidad conmigo misma posible, encontré la edad en la que estaba anclada y lo que me tocaba – toca – trabajar. A partir de las explicaciones que Astrid nos da, nace en mí como en todas las presentes, el cuestionamiento obvio: ¿cómo puedo entregar si hay círculos de mi vida que no he cerrado? ¿Cómo puedo anclarme en la edad que me corresponde, si no he querido tomar ciertas situaciones, pero sí he dejado que éstas me tomen a mí? Y dije: “¡Sí! En realidad mi corazón tiene el tamaño de mi vida”.

“Cuando me hago dueña de la edad que tengo, la ayuda que puedo dar es fértil”, nos reafirmó Astrid y recordé algo que publicó en su página de redes sociales: “Hacerse dueño de la propia vida es tomar cada hebra de lo vivido en los pliegues íntimos del corazón, hacerlos sangre viva que nutre los latidos del ahora y que en sí, llevan el pulso de un mañana hecho del hoy…”. Wow! Para mí fue una revelación.

Aprender a dar y recibir ayuda es esencial para todo ser humano y en toda relación está presente esta acción. Sin embargo, no sabemos cómo pedirla ni cómo entregarla. En una vivencia realizada durante el encuentro, nos dimos cuenta que para algunas se nos hace más fácil recibir y para otras dar, además que a lo largo de nuestras vidas no nos hemos detenido a reflexionar si la ayuda que entregamos es buena. Los primeros fundamentos de la buena ayuda se basan en estar en condiciones de ayudar. Nos sentimos invitadas a comenzar un camino arduo pero hermoso, muy hacia adentro pero que se enriqueció en lo colectivo.

Anclarse y reconocerse en la edad que corresponde es primordial para luego entregar una buena ayuda. Anclarse significa que lo que me pasa, lo tomo; logro tomar mi vida, los círculos de mi vida, incluso lo que me ha hecho daño; a cada persona, cada historia, cada relación. Cuando lo logro me empodero y soy capaz de creer en mí y, por ende, en los demás. Creer en la persona a la que voy a entregar mi ayuda, es dignificarla y ese es uno de los puntos más importantes.

Astrid dice: “La buena ayuda busca empoderar, liberar, elevar y enraizar tanto al que da como al que recibe la ayuda. La buena intención no es suficiente. El impulso de ayudar en sí mismo tampoco es suficiente. Es necesaria una presencia anclada en el eje del amor maduro. Ese anclaje es la tierra fértil para iniciar el camino de la buena ayuda. El universo de la ayuda es extenso y como existe la ley de gravedad, la buena ayuda tiene sus leyes básicas para alcanzar su máxima expresión”.

¿Cuáles son las primeras leyes básicas? Astrid nos las plantea como preguntas que debemos hacernos.

Primero, ¿la ayuda ha sido solicitada?, si no lo ha sido, no dignifico a quién pretendo dar mi ayuda y tampoco a mí misma. La ayuda que no es solicitada crea desorden.

Segundo, ¿la ayuda que me están pidiendo es necesaria? Siempre valido lo que el otro necesita, pero no involucrándome en la historia, sólo así puedo poner límites amorosos. Cuando me pongo en contacto con la ayuda, contextualizo y así puedo crear un campo de contención.

Tres, ¿tengo lo necesario para dar la ayuda? Es decir, ¿ese tema, en el que me están pidiendo ayuda, lo tengo solucionado en mi vida, o es un círculo que no he cerrado?

Cuatro, ¿mi ayuda trae equilibrio?

Y por último, ¿mi ayuda empodera, dignifica, libera y enraíza al otro?

El plantearse desde una edad madura enriquece nuestra capacidad de entregar y agranda el corazón; el saber dar llena de colores y alegrías nuestra alma.

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